Yo solo

Yo solo

Hay una edad en la que aparece una frase.

Y a partir de entonces la oyes constantemente.

—Yo solo.

Vas a ponerle el abrigo.

—Yo solo.

Intentas abrirle el yogur.

—YO SOLO.

Ves que está intentando ponerse el zapato izquierdo en el pie derecho.

Decides intervenir.

Error.

—¡YO SOLO!

Así que esperas.

El zapato no entra.

Lo gira.

Tampoco.

Se sienta en el suelo.

Prueba otra estrategia que objetivamente tiene todavía menos posibilidades de funcionar.

Tú miras.

Han pasado cuatro minutos.

Podrías haberlo hecho en siete segundos.

Pero ya no se trata del zapato.

Se trata de hacerlo solo.

Hay cosas que los adultos hacemos tan rápido que hemos olvidado lo difícil que fue aprenderlas.

Una cremallera.

Un botón.

Servirse agua sin inundar la mesa.

Meter una pajita en un zumo.

Ponerse una mochila.

Cerrar una fiambrera.

Para nosotros son gestos.

Para ellos son pequeñas conquistas.

Finalmente el zapato entra.

En el pie correcto, incluso.

Se levanta.

Te mira.

Tú no has hecho nada.

Exactamente como te había pedido.

—¿Ves?

Sí.

Ves.

Él solo.

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