La mancha

La mancha

Sale de casa con la camiseta limpia.

Tú sabes que no durará.

Ella no.

Y, sinceramente, tampoco le preocupa.

Tomate.

Hierba.

Rotulador.

Chocolate.

Barro.

Existe una misteriosa ley de la infancia según la cual cuanto más limpia sale una prenda de casa, mayor es la probabilidad de que vuelva irreconocible.

Especialmente si es blanca.

Nosotras vemos la mancha antes incluso de que ocurra.

El vaso demasiado cerca del borde.

La mano llena de chocolate acercándose peligrosamente al pecho.

El charco.

Ese maravilloso charco.

—Cuidado.

—No te sientes ahí.

—Que te vas a manchar.

A veces llegamos a tiempo.

Otras vemos cómo sucede.

A cámara lenta.

La fresa cae.

Rebota una vez sobre la mesa.

Y aterriza exactamente en el único centímetro de camiseta que todavía estaba limpio.

Silencio.

Tú miras la camiseta.

Ella mira la fresa.

Se la come.

Fin del incidente.

Para ella.

Y muchas veces tiene sentido.

No podemos vivir como si las lavadoras fueran portales mágicos capaces de resolver cualquier catástrofe.

Hay ropa que hay que cuidar.

Momentos en los que conviene no acabar cubierto de barro.

Y días en los que simplemente no tenemos ganas de poner otra lavadora.

Pero quizá alguna vez podamos preguntarnos:

¿qué pasa exactamente si se mancha?

Si la respuesta es «tendremos que lavarlo», quizá no sea tan grave.

Porque jugar es una actividad bastante incompatible con permanecer impecable.

La pintura salpica.

La hierba deja marcas.

El helado gotea.

Los charcos tienen barro.

Y el tomate tiene una extraordinaria capacidad para acabar exactamente donde no debería.

Los niños no vuelven del parque pensando:

Qué bien, he conseguido conservar la camiseta en perfecto estado.

Vuelven con una piedra que, por algún motivo, tenía que venir a casa.

Arena dentro de los zapatos.

Una rodilla sospechosamente verde.

Y algo pegajoso en el pelo cuyo origen quizá sea mejor no investigar.

Te cuentan que encontraron un palo enorme.

Que hicieron una sopa con hojas.

Que casi tocaron un caracol.

Que había un charco gigantesco.

Tú miras la camiseta.

Ellos te cuentan la tarde.

Quizá estén mirando la parte importante.

Así que aquella camiseta blanca quizá vuelva marrón.

La lavaremos.

Y si queda una pequeña mancha…

Bueno.

También habrá vuelto con una historia.


Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.