La caja era mejor que el juguete

La caja era mejor que el juguete

Has buscado el juguete.

Has comparado colores.

Has leído opiniones.

Has esperado el paquete.

Llega.

Lo abre con entusiasmo.

Cinco minutos después, el juguete está abandonado en una esquina y tu peque está sentado dentro de la caja.

Fantástico.

La caja ahora es un barco.

Diez minutos después es una casa.

Luego una tienda.

Después tienes prohibido acercarte porque aparentemente allí vive un dragón.

Y al cabo de un rato aparece una cuchara de madera cuya función dentro de toda esta historia jamás llegarás a comprender.

Los adultos tenemos una relación curiosa con los objetos.

Necesitamos saber para qué sirven.

Una silla sirve para sentarse.

Una cuchara, para comer.

Una caja, para guardar algo.

Los peques todavía no han aceptado esas normas.

Y menos mal.

Para ellos una silla puede ser un tren.

Una cuchara puede ser una varita.

Y una caja vacía puede contener prácticamente cualquier cosa.

Por eso quizá los mejores juguetes no sean siempre los que hacen más cosas.

A veces son precisamente los que hacen menos.

Los que dejan un espacio vacío para que el niño tenga que poner algo de su parte.

Una voz.

Una historia.

Un personaje.

Una idea absurda.

Porque jugar no consiste solamente en entretenerse.

También consiste en imaginar algo que todavía no existe.

Y mientras nosotros vemos una caja vacía, ellos siguen viendo posibilidades.

Quizá deberíamos dejarlos allí dentro un poquito más.

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