Hoy me visto yo
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Hay una edad en la que vestirse deja de ser una necesidad.
Y se convierte en una declaración de principios.
—Hoy me visto yo.

Vale.
Abres el armario.
Hay camisetas.
Pantalones.
Jerséis.
Vestidos.
Todo perfectamente disponible.
Ella mira.
Nada.
Le enseñas una camiseta.
No.
Otra.
No.
La amarilla.
No.
La blanca.
Tampoco.
Entonces señala hacia el cesto de la ropa sucia.
—Esa.

Esa lleva allí desde ayer.
—Está sucia.
—No.
Argumento difícil de rebatir.
Empieza el proceso.
Primero los pantalones.
Después decide que encima de los pantalones necesita un vestido.
Y debajo del vestido, otra camiseta.
Un calcetín amarillo.
El otro azul.

—¿No quieres los dos iguales?
Te mira.
No sabes exactamente en qué momento de tu vida te convertiste en una persona tan convencional.
Hay también unas gafas de sol.
Estamos en noviembre.
Se las pone.
Y un bolso diminuto en el que introduce una piedra, un muñeco sin un brazo y algo que probablemente era una galleta.
Lista.
Tú observas el conjunto.
Hay muchas cosas que podrías decir.
Decides no decir ninguna.
Porque quizá vestirse sola no tiene demasiado que ver con la ropa.
Durante casi todo el día alguien decide por ella.
A qué hora se levanta.
Cuándo hay que salir.
Dónde hay que ir.
Cuándo toca bañarse.
Cuándo se apaga la luz.
Incluso cuándo se ha acabado el parque.
Pero esta mañana puede decidir una cosa.
Los calcetines.
Y ha decidido que no combinen.
Sale de la habitación.
Camina por el pasillo con esa seguridad inexplicable que solo tienen los niños y algunas personas extraordinariamente bien vestidas.
Tú recoges del suelo todas las prendas que no superaron el casting.
El jersey bonito.
La camiseta limpia.
Los pantalones que combinaban.
Los dos calcetines iguales.
Desde el pasillo se oye:
—¡Mamá!
—¿Qué?
Silencio.
—Nada.
Miras otra vez el pequeño desastre que ha dejado en la habitación.
Y sonríes.
Perfecta.
