Algún día dejará de decirte «mira»

Algún día dejará de decirte «mira»

—Mira.

Saltan desde un escalón de veinte centímetros.

—Mira otra vez.

Repiten exactamente el mismo salto.

—Pero mira.

Y tú miras.

O haces ver que miras mientras recoges un vaso, contestas un mensaje, buscas el calcetín que falta y piensas qué vas a hacer para cenar.

La infancia tiene una extraordinaria necesidad de público.

Quieren enseñarnos la piedra que han encontrado. Una raya que han dibujado. Cómo corren. Una torre de cuatro piezas. Una herida minúscula. La nube que parece un dinosaurio.

Mira. Mira. Mira.

A veces puede resultar agotador.

Pero hay algo curioso detrás de esa palabra.

Cuando un niño dice «mira», muchas veces no necesita que valores lo que está haciendo.

No necesita que le digas que es precioso.

Ni siquiera que le digas que lo ha hecho muy bien.

Solo quiere comprobar una cosa:

que estás allí.

Algún día hará cosas mucho más extraordinarias que saltar desde aquel escalón.

Irá solo a algún sitio.

Conocerá a alguien que tú no conoces.

Tomará decisiones sin preguntarte.

Tendrá una parte de su vida que ya no podrás ver.

Y probablemente no se girará inmediatamente buscando tus ojos.

Así que quizá hoy podamos concederle unos segundos más.

Aunque sea la misma torre.

Aunque sea la misma pirueta.

Aunque sea el salto número 37 desde exactamente el mismo escalón.

—Mira.

Sí. Te miro.

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