Cómo elegir un babero que se use de verdad
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Hay baberos preciosos que aparecen en una foto y después pasan el resto de su vida doblados en un cajón.
Y hay otros que terminan llenos de tomate, fruta, yogur y pruebas bastante evidentes de haber estado donde tenían que estar.
Para elegir un babero que se utilice de verdad, la estética importa. Pero no es lo único.
Que cubra lo que tiene que cubrir
Un babero demasiado pequeño puede quedar monísimo, pero tiene pocas posibilidades frente a unos macarrones con iniciativa propia.
Busca un tamaño que proteja el pecho sin resultar aparatoso y que permita al bebé o al niño moverse, girarse y comer cómodamente.
Que sea agradable al contacto
El tejido que toca el cuello debe resultar suave y no provocar rozaduras. También conviene pensar en el tipo de uso: una comida completa no exige lo mismo que las babitas, la dentición o una merienda rápida.
Los tejidos absorbentes ayudan a recoger líquidos; los materiales técnicos facilitan la limpieza; y las piezas reversibles permiten adaptar el babero al momento o darle la vuelta cuando una cara ya ha vivido suficiente por hoy.
Que sea fácil de poner
Velcros que se enganchan a todo, lazos imposibles y cierres que necesitan una negociación diplomática no ayudan.
Los cierres a presión son rápidos, seguros y permiten colocar el babero sin convertir la comida en una pequeña batalla previa.

Que también te guste verlo
La funcionalidad no está reñida con el color, los estampados ni el sentido del humor.
Un babero forma parte de muchísimas escenas cotidianas: desayunos, meriendas, restaurantes, viajes y fotografías familiares. Puede ser práctico y, al mismo tiempo, tener suficiente personalidad para transformar una camiseta básica.

El mejor babero no es el que permanece intacto
Es el que siempre acaba cerca.
El que resuelve una comida fuera, aparece en la bolsa de paseo y sobrevive a esa etapa en la que cada cucharada tiene un destino distinto.
Si vuelve del día con una mancha nueva, probablemente ha cumplido perfectamente su trabajo.