Hoy quiere ser un gato.
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Esta mañana tienes un gato en casa.
No un niño disfrazado de gato.
Un gato.
Camina a cuatro patas.
Maúlla.
Ha decidido que no habla.
Intentas preguntarle qué quiere desayunar.
—Miau.
Perfecto.

Ayer era veterinario.
La semana pasada pasó aproximadamente cuarenta y ocho horas siendo un dinosaurio.
Los niños prueban maneras de ser con una libertad que los adultos hemos perdido bastante.
No necesitan decidir quiénes son para siempre.
Hoy soy esto.
Mañana ya veremos.
No parece preocuparles demasiado la coherencia.
Y quizá haya algo que aprender ahí.
Porque crecer implica ir acumulando definiciones.
Soy tímido.
No se me da bien dibujar.
Yo no bailo.
Eso no es para mí.
Poco a poco construimos una versión de nosotras mismas y después hacemos todo lo posible por no contradecirla.
Ellos todavía no.
Pueden ser feroces por la mañana y tener miedo por la tarde.
Princesa y dinosaurio.
Superhéroe y bebé.
Gato.
Todo cabe.
Así que hoy tenemos un gato.
—¿Quieres leche?
—Miau.
Entendido.