El vaso azul

El vaso azul

Le das agua.

Problema.

No en ese vaso.

En el azul.

Le explicas que el amarillo es exactamente igual.

Mismo tamaño.

Misma forma.

Misma cantidad de agua.

Argumentación impecable.

Inútil.

Tiene que ser el azul.

Vuelves a la cocina.

Cambias el vaso.

La paz mundial queda temporalmente restaurada.

Los adultos encontramos estas cosas absurdas porque hemos aprendido a ser flexibles con determinadas cuestiones.

Un vaso es un vaso.

Una cuchara es una cuchara.

Da igual sentarse aquí o allí.

Pero cuando eres pequeño, hay poquísimas cosas sobre las que puedes decidir.

No decides a qué hora te levantas.

Ni dónde vives.

Ni cuándo hay que irse.

Ni qué día es lunes.

Ni por qué hoy no puedes desayunar helado.

Así que quizá elegir el vaso azul sea mucho más importante de lo que parece.

Es una pequeña parcela del mundo sobre la que alguien de noventa centímetros puede decir:

Esto.

Este.

Yo elijo.

Eso no significa que siempre podamos cambiar el vaso.

A veces tocará el amarillo.

Y sobrevivirá.

Pero otras veces cuesta exactamente siete segundos volver a la cocina.

Quizá no sea una batalla que necesitemos ganar.

El azul, entonces.

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